#SDPReview: “Humo” de Yorka, generoso y abundante

Por Utzu García

“De lo bueno, poco”, reza un dicho con el que no comparto mucho. De un tiempo a esta parte, la música chilena y la gastronomía se están pareciendo en la excelente calidad de su producción, pero lo mezquino de la entrega. Discos con apenas 8 canciones, que no alcanzan ni la media hora dejan con gusto a poco a cualquiera. Que las horas estudio son caras, que el Chalo González sale muy caro, que los estudios baratos no son muy buenos, que no hay ni 10 canciones y éste quiere 15. Acá el primer punto a favor de Yorka en “Humo”, la tercera placa de la sambernardina: 16 canciones y 58 minutos que no aburren en ningún instante. Abundante como al cazuela de la abuela.

Hay una sonoridad muy homogénea en el sonido indie local: las guitarras principales tienen una afinación y notas muy similares entre distintos proyectos o las temáticas personales reflejan a una sociedad ensimismada. Sin embargo, los méritos de Yorka están en la consistencia de su material, en una identidad muy marcada con la fórmula de dos voces femeninas, cada una en su tono y complementándose con la otra, dando una imagen vocal difícil de imitar.

El trabajo de organizar un disco también constituye un arte. Una opción es agarrar un puñado de canciones y ponerlas “como caigan” dentro un álbum, y otra muy distinta es crear un concepto, desarrollar un argumento, una linea sónica, que lleva al oyente por donde el artista quiere que vaya. En ese sentido, “Humo” jamás píerde el equilibrio, el viaje a través de las melodías de corte pop, folk o indie es constante, es de ida y vuelta, y a pesar de lo pausado del disco en comparación con “Imperio” o “Canciones en pijama” – sus anteriores placas -, la emocionalidad se mantiene vigente.

Descontando a “Y bailamos tanto”, “Miedo” y “Cae”, sencillos con que nos adelantaron este trabajo, podemos encontrar puntos muy altos en “Interminable”, una pieza que perfectamente puede ser usada de ejemplo a la hora de definir qué es el neofolk chileno. “Paseito” es un tema coqueto, juguetón, que te puede invitar a bailar o a sentarte en el sofá con las mismas ganas. “Catemito” habla del cruce que simboliza el fin del Gran Santiago y el comienzo de Calera de Tango. La frontera entre el salvajismo de la ciudad y la calidez del hogar, una postal hermosa y desolada a la vez. Un ejemplo para otros compositores de cómo hablar de identidad y pertencencia. “Tonadita de año nuevo” es una notable fotografía de la fiesta chilena: unos minutos de euforia, acompañado de mucha tensión y preparación, y la mayor parte del tiempo la vida sólo sigue. Increíble como cada familia tiene su propio caos en backstage. “Todo lo que tengo” es un conciso broche de oro para un largaduración (pocas veces ese término está tan bien utilizado) redondito, sin puntos bajos, lo que explica por qué tuvimos que esperar más de 3 años que, a mí al menos, se me hicieron eternos.

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